viernes, 16 de agosto de 2013

La declaración de Obama: ¿un cambio?

Joaquín Mª Aguirre (UCM)
La declaración de Barack Obama sobre Egipto debe ser analizada con detalle e imaginación. Constituye un paso en una nueva dirección y una diferente evaluación de la situación. La actuación de la Hermandad Musulmana solo tiene sentido si  se entiende desde la percepción de un tercero, de un observador. Muchas veces el sentido de las acciones proviene del descubrimiento de que los tú contemplas están actuando para ti, que es tu mirada la que está condicionando lo que allí sucede.
La declaración de Obama dice lo siguiente:

“Estados Unidos no puede determinar el futuro de Egipto, eso es algo que debe de hacer el pueblo egipcio. No tomamos partido por ningún partido o figura política. Sé que allí es tentador culpar a Estados Unidos, a Occidente o algún otro actor externo sobre lo que va mal. Los partidarios de Mursi nos han echado la culpa. También nos han culpado desde el lado contrario como si fuésemos partidarios de Mursi. Este tipo de actitudes no harán nada para ayudar a los egipcios a lograr el futuro que merece. Queremos que Egipto tenga éxito, queremos un Egipto pacífico, democrático, y próspero”*


No sé si a estas alturas, lo dicho ayer por Barack Obama sirve todavía de algo, si la tragedia que se está escenificando puede ser evitada o se ha entrado en una etapa de furia irracional cuyo sentido, como decíamos ayer, no es abrir caminos sino cerrarlos. Obama condena todo lo que debe ser condenado oficialmente pero se ha dado cuenta de que lo que ocurre en Egipto ha salido de la esfera de lo político; se está en otra dimensión.
Existe una gran diferencia entre el Ejército egipcio y la Hermandad Musulmana. Desde el punto de vista institucional, es elemental y no por ello obvia: políticamente, el mandato del Ejército siempre se verá como una anomalía, un intermedio (aunque dure sesenta años), mientras que la Hermandad aspiraba al gobierno de todos los egipcios, la promesa que pronto descubrieron que no era cierta.

La Hermandad ha levantado una barrera histórica entre ella y la posibilidad de "gobierno". Podrá tener seguidores, y hasta es posible que muchos, pero ha mostrado y demostrado que su finalidad no es la democracia, por mucho que lo pregonen ahora, sino el poder. La "furia" de la Hermandad no es por la "democracia" —un invento occidental y de laicos—; es por la pérdida del poder, del control social que se les ha escapado. Su reacciones lo muestran con claridad.
Un "partido político" —teóricamente, la Hermandad es una ONG y crearon un partido para no "contaminarla" con formas mundanas—, con sentido de la política y un futuro político, habría actuado de una forma distinta para intentar recuperar la dirección de Egipto. Lo último que hubiera hecho es buscar las masacres, apelar al "martirio" como forma de presión; lo último que hubiera hecho es demostrar lo poco que le importan las vidas de aquellos a los que aspira a gobernar.


Muchos egipcios se indignan por el tratamiento que muchos medios occidentales dan de la situación. Les molesta profundamente que no se haya entendido el sentido de las protestas previas multitudinarias contra el gobierno de Morsi por su falta de democracia precisamente. Empeñados en ver solo causas económicas en todo, ignoramos que lo que ha sacado a Morsi del gobierno ha sido su propia actitud  poco democrática, absolutista, en tan solo un año de gobierno. Lo singular del proceso egipcio de transición, con una sociedad civil desarticulada por la falta de libertades, ha posibilitado que allí donde la sociedad deseosa de democracia conseguía que cayeran los gobiernos autoritarios y dictatoriales se hicieran con el poder los islamistas, que no habían tenido mayor interés en la participación política que la consecución de un poder que ejercen para hacerse con el control absoluto de la sociedad estableciendo nuevas reglas.

Los Hermanos Musulmanes llenaron en un año de gobierno los juzgados de artistas, periodistas, intelectuales, humoristas, etc., que osaban decirle a los islamistas que no les gustaba lo que hacían. Morsi llegó a aumentar sus poderes más allá de los de Mubarak para evitar la contestación creciente mediante el decretazo de noviembre. Fue la negativa a acceder a cualquier tipo de diálogo constructivo sobre el futuro de Egipto lo que hizo movilizarse a la sociedad egipcia para conseguir un número de firmas superior a los 13 millones de votos conseguidos por los islamistas; consiguieron 23 millones.
Hacemos un flaco servicio a la Historia y, sobre todo, a nuestra comprensión de la realidad inmediata si ignoramos un año de la vida de Egipto y lo convertimos en algo circunstancial o meramente teórico. ¿Justifica eso el "coup", la palabra tabú? No, en absoluto. Pero las justificaciones históricas son un tipo de explicaciones sujetas a lo que los sujetos afectados esperan de ellas. Lo que es absurdo es medir nuestras reacciones por nuestras expectativas y no por las de los que las sufren. Podemos criticar desde fuera; pero entendamos que el punto de vista de los que están dentro sea distinto. En Egipto los "demócratas" no son los islamistas y los "golpistas" los que se les oponen. Eso es una simpleza. Muchos de los que votaron a Mursi lo hicieron sin ser islamistas, haciendo de tripas corazón, porque entendían que Shafiq no era la democracia, sino que representaba aquello que querían dejar atrás; lo que no se imaginaban es a dónde les llevarían sus votos, cómo serían utilizados. La aceleración del ritmo islamista solo tiene explicación en la falta de inteligencia o en la comprensión de que la pérdida de popularidad e intención de voto a los islamistas comenzó casi inmediatamente después de su llegada al poder, cuando todos pudieron ver sus actitudes y actuaciones.
Cuando el Ejército desalojó del gobierno a Morsi señalé que habría que separar las expectativas de la Revolución, que se deben mantenerse en el nivel de lo deseable, de las aspiraciones justas de democracia y libertad, de justicia social, como quiere el pueblo egipcio, de lo que el Ejército podía traer como "solución", que estaba determinado por su propia naturaleza y la de sus respuestas posibles ante las reacciones.


El pueblo egipcio, mayoritariamente, no quiere un gobierno militar como no quiere un gobierno "islamista". No fueron contra Mubarak por "impío", sino porque querían más libertades. Lo ha dicho desde el principio; otra cosa es que no haya forma de canalizar ese deseo y eso sea aprovechado por los que quieren otra cosa. Eso que tanto se ha comentado por los analistas sociopolíticos de lo "amorfo" de las revoluciones, de la acefalia de los modernos "movimientos sociales", tiene ventajas en el derrocamiento de dictadores, pero es una clara desventaja para la construcción de nuevas formas, favoreciendo a los que ven cómo otros les sacuden el árbol para quedarse ellos con las nueces. Lo que no quisieron ver los islamistas (o les dio igual) es que, dos años después, las fuerzas sociales pudieran movilizarse con tal intensidad para mostrar su descontento.

El aviso de Obama ayer introduce nueva información. Aparentemente se lava las manos de lo que ocurra en Egipto condenando la violencia. Sin embargo, el mensaje —radicalmente distinto al de Kerry unas horas antes— tiene un sentido claro: no busquéis el camino de la violencia porque no lo "atenderemos". Ha dicho: "queremos un Egipto pacífico, democrático, y próspero". ¿Cuánto tiempo costará ahora alcanzar eso? ¿Hay mayor distanciamiento de la realidad egipcia? Quizá solo la convocatoria en las redes sociales del Día Nacional del Beso en Egipto para el 30 de agosto.
Las palabras de Obama son un nuevo mensaje. Las múltiples declaraciones de condena de la violencia —lógicas y necesarias— no implican bendiciones para la Hermandad. Todo lo contrario: muestran que se ha comprendido su uso instrumental de la violencia y de la vida de todos; que prefiere ver arrasado el país antes que iniciar otras vías no sangrientas para restaurar el "orden" en el que dicen creer. ¿Qué pueden restaurar? ¿Iba a aceptar alguien ahora un gobierno restaurado de la Hermandad?

Ayer, para el telediario de la noche, los reporteros de Radiotelevisión española esperaban la llegada de los turistas españoles que regresaban de Egipto. Recogieron la declaración de varias personas recién bajadas del avión. La primera había ido a Egipto unos días e informaba de que no habían podido ver nada, que el Museo no estaba abierto, que en el barrio copto estaba "todo cerrado". La segunda persona a la que se le preguntó —una española canaria—había ido allí dos meses para "conocer el país". "¿Miedo?" —respondió a los reporteros—  Por supuesto... Tienes que correr de ellos, de los hermanos musulmanes, no del Ejército... queman lo que pillan". Otra española, residente en El Cairo, profesora allí, señaló, vía Skype, que hay "mucho miedo" y que ya "no es el hecho de lo que ocurre en la calle; es el hecho de que soy mujer, soy extranjera y que para "cierto sector", el sector que estaba de las acampadas, soy, por así decirlo parte de los 'objetivos' que ellos tienen". Es el testimonio de los que llegan o siguen allí. Tiene el valor que le queramos dar, pero es lo que han dicho cuando les han preguntado. No han podido ser más claros. Saben de dónde procede su miedo.
Nadie tiene simpatías por Morsi y la Hermandad. Los comunicados internacionales lamentan y condenan la violencia, incluso algunos el derrocamiento de Morsi, el golpe o como lo hayan querido llamar. Hay mucha ambigüedad calculada con la excepción de islamistas como Erdogan, que están francamente enfadados (esperemos que su enfado no lo paguen los turcos que no son  islamistas). En esa condena se incluye la violencia generada por la propia Hermandad, por la quema de iglesias,  asaltos a comisarias, dependencias municipales, a la Biblioteca de Alejandría, museos, persecuciones a los coptos, a los chiíes, o a los extranjeros, a lo que ocurre en el Sinaí y en otras fronteras, etc.



La creencia en que por estar en países islámicos deben ser gobernados por islamistas es un mito con cada vez menos futuro, contestado por las propias sociedades; por eso el control cuando llegan al poder es cada vez más fuerte ante una sociedad globalizada, más abierta de lo que a ellos les gustaría. Si Egipto hubiera sido un paraíso antes del derrocamiento de Morsi, no estarían solo los islamistas protestando en las calles de Egipto; estarían todos los egipcios y no lo están. Morsi —si es que fue él— dejó pasar la posibilidad de una solución política porque en su mente islamista no cabe un retroceso o alternancia en el poder alcanzado. Si Morsi había sido elegido por Dios, como algunos de sus seguidores proclaman, por qué iba Dios, en su inmensa sabiduría, a cambiar su voto en el futuro. No es una broma ni una ironía. Es la esencia misma de los que llaman a morir con la promesa del paraíso o condenan todo lo que no se ajusta a su estrecha visión de la vida, que pretenden imponer a los demás sus creencias invocando lo divino de sus decisiones. Ellos no actúan; Dios lo hace a través de ellos. Y los demás deben aceptarlo.


La declaración de Barack Obama es un cambio. Lo que no podemos saber todavía es cómo se traducirá, aunque sí que tendrá consecuencias. Lo que unos y otros esperaban, ya no lo pueden esperar. Es una nueva puerta en el angosto y sin fin pasillo egipcio, un paso que traerá otros. Cómo se interprete dependerá de las partes, aunque no hay que hacerse demasiadas ilusiones en que la Hermandad haya entendido el mensaje. Las decisiones de la Hermandad y sus actuaciones ahora no son el camino de ninguna "restauración"; lo saben. La cuestión es hasta dónde están dispuestos a seguir por esta vía que acaba con otras vías, cuántas vidas deben entregarse.

* "" Euronews 16/08/2013 http://es.euronews.com/2013/08/15/obama-condena-la-violencia-en-egipto-dice-que-eeuu-no-toma-partido-en-el-/
** RTVE Telediario 21 horas 15/08/2013 http://www.rtve.es/alacarta/videos/telediario/telediario-21-horas-15-08-13/1993970/





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