jueves, 27 de junio de 2013

Egipto y lo inevitable o qué ocurrirá tras el 30 de junio

Joaquín Mª Aguirre (UCM)
Después de hacer un frío balance de los posibles escenarios que se pueden dar en Egipto tras el día 30 de junio —fecha de la convocatoria de la gran manifestación para pedir la dimisión del presidente islamista Morsi y la celebración de elecciones anticipadas—, el activista y escritor Mahmoud Salem cierra su artículo en el Daily News Egypt con las siguientes palabras: «It didn’t have to be this way. We didn’t have to be here. Yet somehow, it all feels inevitable. Dear Sons of Al Banna, may God forgive you, for I, and many like me, never will.»* El artículo se titula "All the roads lead to this". Los "hijos de Al Banna" son los Hermanos Musulmanes.
La frustración causada en una parte muy importante del pueblo egipcio por las acciones y maneras del gobierno de la Hermandad son grandes y difíciles de circunscribir al ámbito meramente político o económico. No se puede entender la política islamista o de islamización sin comprender que no es una acción meramente "política", sino que esas acciones se convierten en hecho a pie de calle, en actos concretos que afectan a las personas en su vida y derechos individuales. Solo así se puede entender que mucha gente se sintiera menos afectada por la dictadura de Mubarak que por la "democracia" de los islamistas. La política islamista no es solo política; es presión social sobre las personas, una presión que se traduce en las calles, los puestos de trabajo o las familias. Se traduce en hecho concretos como el que corten el pelo a una niña en el trasporte público [ver entrada La coleta de Maggie], la censura de las mujeres sin velo de la historia de Egipto en los libros de texto o el ejercicio de clase de redactar una "carta de felicitación" a los Hermanos; se traduce en la vigilancia del islamista que permanecía callado pero que ahora, envalentonado, te increpa por cómo vas vestida, qué música escuchas, qué películas ves, qué libros lees, cómo de cuidada está tu barba, en el aumento del acoso sexual en cualquier espacio público a la que se considera que provoca, la reducción de la edad de casamiento, etc. El islamismo actúa como una tenaza, por arriba y por abajo.


No es fácil construir una democracia si no se parte de un concepto de individuo y sus derechos, esos derechos humanos, que consideramos de todos, pero que son anulados en beneficio de un ente general que puede decidir "por tu bien" o, mejor, "por tu salvación" —el matiz es importante— lo que no se debería escapar de tus decisiones. Pero esa es la base de la política islamista: parte de tus derechos ya están decididos. Y lo están porque la sociedad ya no se divide en opresores y oprimidos, en pobres y ricos, sino en iluminados, obedientes y blasfemos. Los primeros interpretan y dirigen; los segundos les siguen y, por último, con distintos grados de la desobediencia a la blasfemia se encuentran todos aquellos que les ignoran o los desafía. Aquí la democracia no significa preguntar al pueblo o representarlo, ¿a quién le importa? Lo que se busca es la mayor elevación del alminar para que las órdenes lleguen más lejos, clara y contundentes.


El "no deberíamos estar aquí" pero "todo parece inevitable" del artículo de Mahmud Salem concentra en esas expresiones la profundidad del drama egipcio. Mientras otros países pueden decir que su destino está en sus manos, el fatalismo egipcio se ha formado por la permanente frustración de sus deseos, por la incapacidad de sus dirigentes de poner el destino en sus manos y crear estados laicos dictatoriales y dictaduras religiosas con el grado de presión que se pueda ir aumentando conforme se avanza en el cambio de las costumbres. Los Hermanos comenzaron su ocupación no por el poder sino por abajo, aprovechando los errores de la dictadura que jugaba con ellos con la soberbia de tener controlado el país desde los cuarteles. Es un error frecuente en los militares pensar que la fuerza reposa en los cañones, cuando avanza en las escuelas y calles, en el día a día. Los ejemplos de revoluciones como la de Irán han servido de poco.    En la magnífica novela del iraní Kader Abdolah, El reflejo de las palabras (2000), podemos leer una expresión de ese sentimiento de impotencia y fatalidad de los jóvenes revolucionarios laicos que se enfrentaron al absolutismo también laico del Sha tras ser barridos por el tsunami islamista radical:

Alguna vez quisimos convertir la nación en un paraíso, pero no sabíamos, o tal vez preferíamos no saber, que ni el país ni el pueblo, ni nosotros mismos estábamos preparados para ello. Teníamos prisa, éramos impacientes, deseábamos recuperar el tiempo perdido, adelantarnos a la historia, pero eso era imposible. En realidad, no nos merecíamos otra cosa que los clérigos. Los acontecimientos acaecidos en mi patria en los últimos ciento cincuenta años vaticinaban la llegada de un líder religioso, y la historia puso en escena a Jomeini. (245)**

Egipto no es Irán. Egipto, con su movimiento social de contestación, se está enfrentado a la inevitabilidad con la que la manipulación psico histórica juega. La victoria islamista no está escrita en ningún libro.  Señala Salem que todos los escenarios posible contemplan la actuación, en diferentes sentidos, del Ejército; es su primera consecuencia del análisis de los escenarios posibles tras el 30: «Whether we like it or not, there is no scenario where the military will not be a part of what will happen post 30 June»*.
Muchas veces hemos señalado aquí esa maquiavélica paradoja, ese acto de violencia mediante el cual las fuerzas armadas se "redimen", por necesidad, ante los ojos de su pueblo volviendo a ser reclamados y aclamados. Es una trampa del otro lado de lo inevitable. Los besos y vítores a los soldados después del 25 de enero representaban ese papel "salvador" que una sociedad a la que no se deja evolucionar, ni en un sentido ni en otro, otorga al Ejército.


Los millones de firmas recogidas por la sociedad mediante la iniciativa Tamarod (Rebelde) son un ejemplo de consistencia civil, de conciencia de que la finalidad de la Hermandad no es gobernar Egipto sino colonizarlo, una pieza más dentro del dominó internacional que una vez soñaron los islamistas: un mundo conectado entre ellos y cerrado al resto del mundo.

Lo que ocurra el 30 y días posteriores será decisivo. Ha comenzado con signos preocupantes, como el linchamiento de cuatro chiíes o las manifestaciones militares sobre su responsabilidad ante el pueblo. La réplica del discurso conmemorativo —de casi tres horas— de Mohamed Morsi definiendo uno por uno a los "enemigos" y "conspiraciones" internacionales, con políticos, periodistas, etc. en el punto de mira, tiene toda las trazas de señalar objetivos de forma intimidatoria. Su argumento, como siempre, es que él ha sido elegido, pero no lo fue para acabar con la revolución y sus aspiraciones, que fueron el aliento que sirvió para enfrentarse a un régimen. Los revolucionarios, los jóvenes que aguantaron atrincherados en Tahrir y otros puntos el acoso y ataque durante días y noches, apoyándose unos a otros, se sostenían con la idea de un futuro mejor que el que Morsi y sus acólitos islamistas les están preparando. [ver entrada Epifanía en la Plaza de Tahrir]
Puestos a pensar en lo inevitable, pensemos que es la Libertad.

* "All the roads lead to this" Daily News Egypt 25/06/2013 http://www.dailynewsegypt.com/2013/06/25/all-the-roads-lead-to-this/

** Kader Abdolah (2013): El reflejo de las palabras [2000]. Salamandra, Barcelona.







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