domingo, 28 de abril de 2013

Políticas rutinarias

Joaquín Mª Aguirre (UCM)
Andan estos días preocupados los políticos por las sucesiones y los relevos, por las alternativas y las continuidades, conscientes de que se la juegan en las próximas elecciones. Se da el divertido caso del partido que rechazaba la elecciones "primarias" hasta ayer y ahora solicita que todos lo hagan "por ley", muestra didáctica de cómo funciona la mente de nuestros políticos cuando ven las orejas al lobo. Se buscan desesperadamente caras "nuevas", jóvenes carismáticos, mediáticos, que conecten, mientras los que mandan siempre se parapetan tras los nuevos carteles electorales esperando a que escampe. 
Todos están en crisis y no acaban de comprender las raíces, que van más allá de sus problemas sucesorios o de reparto del poder. Eso al menos piensan algunos analistas a la vista de las intenciones de voto que se realizan hoy, que trazan un panorama muy distinto al del bipartidismo actual, una modificación del reparto de fuerzas político. Son movimientos sin entusiasmo, aburridos, porque el sistema sigue sin cambiar. La rutina se ha instalado con fuerza.


El descrédito logrado por los partidos y sus líderes y acólitos se lo han ganado a pulso, desde luego. El ejemplo de lo ocurrido en Italia estos días debe ser tenido en cuenta, para bien o para mal. A algunos les asustará, y con motivo, que lo que salga de unas urnas sea un país ingobernable, entre nuevos partidos ruidosos y orgullosamente caóticos, separatismos varios, y veteranos del toreo político que no terminan de cortarse la coleta. A otros, en cambio, lo que les horrorizará es que todo siga igual, por inercia, empantanados en la ineficacia, en la rutina del poder. Podemos ir hacia una abstención abrumadora que ofrezca resultados electorales distorsionados pero legítimos. Son escenarios inciertos en los que lo único que se da por hecho es el descalabro de los partidos, socialistas y populares, mayoritarios hasta el momento y base del bipartidismo asentado.


A nuestros problemas de representación y eficacia se suman los provenientes de Europa por las imposiciones que nos traen, que conllevan sus interpretaciones de nuestros problemas. El despropósito de la política europea actual, marcada por la canciller alemana —en nombre de su banca e industria—, está asfixiando a todos los socios, ya sean socialistas —como Hollande en Francia— o conservadores —como en Italia o España—, sin ideologías, que no consiguen tener márgenes de maniobra suficientes como para que sus electorados no se vean frustrados por la distancia entre lo que se les promete y lo que se puede cumplir. A Merkel no le preocupa lo que se prometa en las campañas —los sueños y la demagogia son libres—, pero los que tienen la obligación de hacer desde el poder sí son cosa suya y de su política europea, que se lleva a rajatabla. Parece ser que la famosa "cesión de soberanía" se ha hecho en exclusiva a Alemania, que es quien decide al no desarrollarse la Unión más que en un sentido, el mercantilista, perdiendo de vista sus objetivos sociales, irrenunciables para la construcción de una auténtica identidad europea, un sueño ya sin soñador que le dé vida. Y hay que recuperarlo, pues de no ser así será un fracaso histórico con consecuencias en el futuro.


De seguir empeorando la situación económica de la Unión en su conjunto y de algunos países —como el nuestro— en particular, Angela Merkel tendrá el dudoso honor de haber demostrado la inutilidad europea, incluso los peligros de pertenecer a ella para sus miembros, a los que no se les impide caer y una vez caídos no se ayuda a levantarse. Al aburrimiento y desesperanza de la política nacional, se suma ahora, para muchos, el de la europea, convertida en un frontón, en un muro infranqueable.
Los "europeístas" procuran moderar sus entusiasmos porque tienen pocas alegrías que llevarse a la boca ante tanta tozudez como la que está mostrando Alemania, que es ya un clamor universal. El hecho de que a estas alturas de la Unión todavía haya que hablar de "europeístas", es significativo del retroceso en la concepción de las relaciones entre los "socios". Por el contrario, los euroescépticos, convertidos sin disimulo ya en "anti europeos", desarrollan sus discursos responsabilizando a Europa en general y Alemania en particular de sus desastres.


Nadie duda de que cada país —incluido el nuestro— tiene una alta responsabilidad en sus desastres, pero tampoco hay muchas dudas sobre el papel que Europa está teniendo en las posibilidades de recuperación de cada miembro, que se ven muy limitadas por la unión monetaria y la imposición de medidas, percibidas como humillación y chantaje por las poblaciones nacionales. No es fácil construir una idea positiva de Europa así.
Lo desalentador de todo esto es que la unidad necesaria para salir adelante, los apoyos para políticas que permitan crecer, le guste a Alemania o no, necesitan de todos en todos los niveles, europeos y nacionales. La crisis brutal que padecemos necesitaría de más acuerdos, de mensajes y acciones claros, que nos hicieran ver que hay salidas a estos túneles en los que nos encontramos. Estamos en una incierta carrera en la que quizá al final ya no queden premios que repartir, ni en Europa ni en España. Tampoco queda mucho público pendiente de los corredores.
Esperemos recuperar, en los dos niveles, el pulso político. Es necesario volver a encontrar un sentido de lo político más allá de la demagogia y del aburrimiento, del profesionalismo y de la apatía. La política debe ser algo de todos por el bien de todos.



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