viernes, 19 de abril de 2013

El espectador ausente

Joaquín Mª Aguirre (UCM)
Se lamenta el empresario y presidente de la Academia de Cine, Enrique González Macho —a través del diario El País—, de tener que tomar la dura decisión empresarial de echar el cierre al negocio de tantos años con salas de cine repartidas por la geografía española y de producir y distribuir el llamado "cine de autor", una alternativa al comercialismo imperante. El diario comienza el artículo con el siguiente resumen de la causas principales:

La sangría del consumo cultural en general y de la asistencia a las salas de cine en particular, el desplome definitivo de la industria del DVD y la progresiva deserción de los directivos de las cadenas de televisión de su compromiso con el cine de autor son los tres factores esenciales en la muerte lenta de Alta Films, referencia ineludible en la distribución y exhibición de cine de autor español y extranjero.*


De todas las crisis que la Crisis ha provocado, probablemente ninguna estuviera tan "cantada" como la del Cine. Nuestra miopía, desarrollada por años de mirar fijamente los números, nos impide enfocar la mirada en las causas remotas, aquejados de falta de elasticidad en el análisis. Los "números", en el ámbito de la cultura, son signos dobles, connotación de una situación más amplia y profunda de la que las ventas nos son más que la punta del iceberg.

Podría ser que la "crisis"  fuera solo económica y, por tanto, parte de un episodio de "vacas flacas" entre "vacas gordas", pero la crisis en este ámbito cultural es siempre complicada porque se trata de jerarquías de gustos traducidos en comportamientos. Saben que a las vacas flacas le seguirán otras vacas flacas.
El cine, un arte que necesita primariamente de la exhibición, ya sea en las salas o en las pantallas televisivas, no consigue reunir a los espectadores suficientes para mantener a las industrias necesarias para su sostén. Los grandes tienen para aguantar e imponerse; los pequeños desaparecen.
La primera de las causas indicadas en el diario —"la sangría del consumo cultural"— tiene exceso de metáfora y oscila entre la subida del IVA y la pérdida general del sentido del gusto capaz de apreciar un cine de mayor calidad que lo que el cine español había ofrecido como promedio, con todas la excepciones que se quieran realizar. Es la conciencia de que esto no se inició con la subida del IVA lo que trae el pesimismo. Aunque mañana se volviera la IVA inicial reducido, la situación variaría poco a medio plazo. Son otros los factores, de mayor peso, y eso lo saben todos, aunque la reclamación se centre en un IVA que parece exculpar a muchos de sus propios errores al rebotarlos a los demás. Por supuesto que la subida no ha beneficiado al sector, pero sus males profundos son otros.


La cultura no es lo que se hace desde un ministerio; es un estado social resultante de muchos otros factores sobre los que sí se puede incidir. El ministerio realmente decisivo, en todo caso, es el de Educación. Es el fracaso educativo el determinante del fracaso cultural, pues es la educación de la sensibilidad estética, los gustos, lo que determina el éxito o fracaso en este campo. Todo acto cultural es manifestación del estado de la cultura. Se pide lo que se desea y lo que se desea es el reflejo de nuestras necesidades artísticas, literarias, cinematográficas, etc. Como en todo lo que se encuentra mezclado el "gusto" (categoría estética), la decisión que se toma, la atracción, está determinada por nuestra capacidad de apreciar.

Llevamos años arruinando nuestro gusto estético, pervirtiendo nuestra capacidad de juzgar calidades, etc., amparados por la declaración de muchos que ahora se quejan de que ellos daban al público lo que el público "pedía" y que no debían ser juzgados por ello. La Academia de Cine se rendía extasiada ante los taquillazos de películas infames que por el solo hecho de haber llenado la sala de chistes groseros y espectadores que los reían se volvían respetables, envidiadas y copiadas por otros que querían estar a su altura y disfrutar del mismo Olimpo. Lo mismo se ha hecho con la literatura o la música. La fórmula del "éxito" se ha copiado repitiendo más de lo mismo con los efectos consiguientes.
Las tres causas señaladas por el autor del artículo como responsables del desastre empresarial cinematográfico son en realidad "efectos" previsibles del desastre cultural. Cuando hablo de "desastre" me refiero esencialmente a lo perverso de un modelo que no considera la "educación" en términos de formación de la persona. Si no hay diferencia entre una persona "educada" y otra que no lo es, si escuchan, ven y leen lo mismo, es que la educación tiene poco impacto en la formación de la persona. Si alguien, por ejemplo, después de estudiar varios años la historia de la Literatura y sus mejores obras, cuando concluye su formación lee mala literatura es que no ha servido para lo que era su finalidad: enseñarle a diferenciar entre un buen libro y un mal libro. Es la misión de la educación la formación y orientación hacia lo mejor de la cultura. Y eso no se hace o no es eficaz. Los parámetros de medición de la eficacia distorsionan una realidad que nos abruma en forma de hundimiento de todos aquellos sectores que apuestan por algo que no sea lo más chabacano y comercial.


Las lecturas, la música, el cine, etc., en una generación, se han visto modificadas por la propia industria, que ha ido a los "productos" culturales globalizados, diseñados para consumo masivo al amparo de las campañas de mercadotecnia. La cultura se ha convertido en moda de temporada, consumible y variable, desechable, dejándose llevar por el relativismo de que todo se iguala en la taquilla. Y el sistema educativo no ha sabido contrarrestar con mejor formación esa tendencia corrigiéndola con la mejora del gusto.
La tercera de la causas —la falta de compromiso de los ejecutivos televisivos— no es más que una muestra de esa causalidad circular, retroalimentada, la que se ampara en la falta de atractivo del cine de calidad señalando que "calidad" para ellos son las cifras de las audiencias y los ingresos por publicidad. Es la exigencia de rentabilidad, antepuesta a cualquier otra consideración, lo que determina el destino fatal de la cultura de calidad en una sociedad que no la exige. Y la exigencia solo puede nacer del sistema educativo, que debe ser reflejo de aspiraciones y valores de mejora cultural.

La eficacia de las Ciencias se demuestra usándolas con precisión en la resolución eficaz de problemas. La eficacia de la enseñanza de las Humanidades se demuestra en la consolidación de un gusto estético capaz de apreciar el arte, la literatura, etc.; por la capacidad de ejercer críticamente el pensamiento con autonomía, gracias al contacto la Filosofía, la Historia, etc.; y por  el desarrollo de valores sólidos que nos hagan ser más responsables y solidarios. No solo hay que "saberlo", hay que "asimilarlo".
Esos son los objetivos —gusto, crítica y valores— de las Humanidades. La enseñanza pierde su sentido cuando deja de preguntarse cuál es su finalidad, cuando se convierte en un rutina e inercia por parte de quien la imparte y de quien la recibe. Los buenos libros, las buenas películas, etc. los sostienen con su demanda las personas que son capaces de apreciarlos. Su reducción nos muestra que no se va por el buen camino educativo. Y eso tiene su trascendencia cultural y finalmente empresarial y económica, como acaba de ocurrir. 
A veces los ropajes de la riqueza esconden la pobreza espiritual. En otras, como ahora, la desnudez nos muestra su raquitismo.

* "Alta Films: fin de una bella película" El País 18/04/2013 http://cultura.elpais.com/cultura/2013/04/17/actualidad/1366228353_251687.html




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