viernes, 15 de marzo de 2013

La actriz y la marioneta

Joaquín Mª Aguirre (UCM)
Lo más habitual es que consideremos el trabajo de los actores como un "fingimiento", como la construcción de una "otredad" aparente en la que pueden llegar a encerrarse, regresando posteriormente a su personalidad. A veces las cosas no son tan sencillas. 
"Meterse en el papel", "meterse en la piel del personaje" son expresiones frecuentes para referirse al trabajo interpretativo en el que se produce ese tránsito, ese desplazamiento del "yo que se es" —con todas sus aristas, autoengaños y contradicciones— hacia un  "yo alternativo" y provisional que se nos muestra desde un escenario o una pantalla. Da igual que para algunas teorías psicológicas o sociológicos, el "yo" sea permanente ficción, representación ante otros, constante adecuación a los públicos que nos observan a todos y cada uno desde su mundanal butaca.
El tránsito del actor es viaje interior y ante nuestros ojos, doble recorrido, interno y externo. Algunos son "turistas accidentales", profesionales que recorren el mundo escribiendo con sus actos guías del "viaje emocional". En algunos, el viaje es un distanciamiento profundo de sí mismos, una experiencia en la que encuentran resortes escondidos con los que levantar la viga de su personalidad ficticia; en otros, en cambio, el viaje es siempre corto, sin apenas tránsito.


En el teatro de marionetas japonés, "bunraku", la interpretación se disocia entre los marionetistas, los músicos y el "cantor" del texto (tayu), que  lo lee expresando las diferentes voces y sentimientos de los personajes. No es solo un trabajo de la voz, sino del gesto, de la expresión emocional. El "tayu" es a la vez "uno", el narrador, y "todos" los personajes; el que cuenta y el que es contando, el que explica los sentimientos y el que los vive. Su viaje es múltiple. Los marionetistas, inalterables, reproducen, los movimientos de los personajes para mostrarlos vivos, pero es el "tayu" quien sufre el desgaste emocional, quien vive el drama de todos. Podemos apreciar una muestra del "bunraku" en la "introducción" de la magnífica película de Takeshi Kitano, Dolls (2002)


A los estrenos del fin de semana suelen preceder entrevistas y comentarios sobre las películas. El diario ABC resalta en su titular el enfrentamiento de la actriz Nicole Kidman con el director de la película que se estrena hoy, "El chico del periódico", a cuenta de Charlotte, su personaje:

«Charlotte es una mujer herida. Lo más difícil fue enfrentarme al director y negarme a decir una palabra que no entra en mi vocabulario ni dentro ni fuera de la ficción». Kidman se negó a pronunciar la palabra «negrata» en pantalla, lo que creó cierta tensión con el realizador de la cinta. «Sinceramente no me parecía adecuado. Tengo un hijo que es africanoamericano y no encontré correcto la pronunciación. Tengo mis opiniones como artista y siempre trato de estimular la visión del director. Abrir mis piernas y orinar sobre Zac no me supuso ningún problema, pronunciar esa palabra va contra todos mis principios».*

Habrá a quienes les parezca que la Nicole Kidman que interpreta el personaje no es quien dice la palabra, sino "Charlotte", y que ella no debería haberse negado. Habrá quien no lo entienda y le parezca peor "orinar" sobre otro personaje —le había picado una medusa, hay que explicar—. Pero creo que Kidman ha hecho bien si ella misma lo percibía como un "límite", una frontera que no debía cruzar.
La idea de que "viviendo" un personaje no existen los límites de la vida propia no deja de ser una falacia porque el actor no es la marioneta del "bunraku", un cuerpo exterior al cantor del texto. Esta cuestión se ha debatido en ocasiones, más allá de los escenarios, con los "avatares" virtuales y su falta de responsabilidad en el mundo cibernético en el que actúan. El hecho de que no sea "yo" sino una personalidad ficticia, ¿significa que "todo" está permitido, que no hay un límite? Puede que no tenga una responsabilidad en ese mundo ficticio, pero el que regresa lo hace transformado; ya no es el mismo. No es cuestión jurídica, sino ética.

Nicole Kidman ha tenido esa conciencia de límite en un sentido para algunos inesperado. Muchos pueden pensar que los actos tienen más relevancia que las palabras, pero Kidman sabe que las palabras son "acciones" que comprometen igualmente, incluso más profundamente; la palabra, como el movimiento, requiere de la voluntad. Cuando se niega a decir esa palabra, lo está haciendo desde un principio que no quiere transgredir. No la quiere ni en su mente ni en su boca. No quiere sentir en ella el odio o el desprecio necesarios para pronunciarla teniendo un hijo afroamericano. No es un capricho de diva; es un deseo de alguien que no quiere pasar por encima de ella misma.


El actor es un ser en alquiler, habitado temporalmente por ideas y sentimientos de otros. El temor a que esos inquilinos temporales, sus personajes, le dejen el inmueble en mal estado es un riesgo que asumen o rechazan. Las marionetas del teatro "bunraku" regresan a sus cajas, inertes, tras la función. El actor, por el contrario, regresa a su conciencia, su residencia permanente.

* "Nicole Kidman: "Lo más difícil fue enfrentarme al director por una palabra" ABC 15/03/2013 http://www.abc.es/cultura/cine/20130315/abci-nicole-kidman-chico-periodico-201303142026.html




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