domingo, 3 de febrero de 2013

El vacío europeo

Joaquín Mª Aguirre (UCM)
Cuenta hoy Rafael Arguyol en el diario El País que hace poco recibió una "lección inolvidable", que siendo jurado de unas becas, los jóvenes y brillantes candidatos a los que tuvo el placer de escuchar

[...] en sus exposiciones orales casi ninguno de estos candidatos citó a un escritor, a un artista, a un científico, a un filósofo. No se aludió a cuadros, a textos literarios, a tratados de física. La pregunta es: ¿de qué hablaban y a qué aspiraban los candidatos? Aspiraban, naturalmente, a triunfar en sus campos respectivos, y para ello hablaban de programas informáticos, técnicas de evaluación, metacursos, procesos logísticos.*

Leí por primera vez a Rafael Arguyol en sus ensayos sobre el romanticismo europeo a mediados de los ochenta, sus magníficas exposiciones sobre un mundo fascinante en ebullición estética. Eran sus primeras obras, La atracción del abismo (1983) y El héroe y el Único (1984), las que devoré fascinado por la visión trágica de un romanticismo vertiginoso encarnado por Hölderlin, Novalis, Leopardi, Goethe, Schiller, los hermanos Schlegel, Nerval; eran libros por los que desfilaban Fichte, Baumgarten, Lessing o Nietzsche. Daba yo por entonces mis primeras clases universitarias, con veintipocos años, y leía con mis alumnos Hyperión, Madame Bovary, El tío Goriot, La letra escarlata, La roja insignia del valor, Bartleby, El extranjero, Las moscas, La muerte en Venecia, Mientras agonizo, Los justos, Las flores del mal... u otros textos similares, alternados según los años. Representamos obras de teatro de Jean Genet, Pirandello, Williams o Strindberg y hacíamos algunas audiciones de lieder románticos. Para muchos era un descubrimiento, la apertura de una puerta que no se cerraría. Y de eso se trataba, de mantener una puerta abierta.


Las asignaturas eran entonces anuales y daba tiempo, con tres clases a la semana, a leer tan solo una parte de las obras, a hablar sobre ellas, a dejarse arrastrar a su interior. Nunca completábamos los programas porque habría sido reducir las obras a sus descripciones y aquello era matarlas. Había que navegar por ellas, recorrerlas para ir descubriendo poco a poco su sentido, que hablaran a cada uno, que permitieran pensarlas. Lo demás, siempre lo entendí así, era burocratismo lector, una componenda sin comprensión. Se lee para disfrutar y así se aprende. En las Humanidades, toda asignatura es una "introducción", un primer paso preparatorio, un despertar el interés para seguir el resto de la vida. Creer lo contrario es de ilusos.


La Cultura es una red de relaciones, un entramado en donde los textos se responden como ecos en un diálogo que hay que tener un fino oído para percibir, un oído educado. La función de la Humanidades es desarrollar ese oído que detecta la conexión, los lazos que constituyen la cultura. Así podemos dibujar un mapa histórico en cuyo centro nos encontramos, el territorio de la cultura. No surgimos de la nada; somos sujetos históricos, culturales.

El hecho de que Rafael Arguyol esperara encontrar nombres, citas, referencias, conexiones, etc. en las exposiciones de sus alumnos es de una gran ingenuidad. El aislamiento fragmentario en que se ha convertido nuestra desastrosa educación lo impide. El sistema ya no lo produce. La persona realmente culta es el antihéroe.
Después de hacer una masoquista comparación entre los nombres de los políticos que contribuyeron a la "idea inicial de Europa" (De Gaulle, Brandt...) y compararlos con los asnos de acción actuales, Arguyol señala:

No obstante, las carencias en la vida pública serían menos decisivas si la cultura —el alma— europea se manifestara, viva, en el interior del organismo social. Ahí es donde la paradoja se hace más sangrante puesto que la cultura europea es, en realidad, el único espacio mental que justifica la edificación de Europa. Sin la cultura europea, lo que llamamos Europa es un territorio hueco, falso o directamente muerto, un escenario que, alternativamente, aparece a nuestros ojos como un balneario o como un casino, cuando no, sin disimulos, como un cementerio.*

Balneario, casino o cementerio no son excluyentes, más bien dimensiones de esta reducida "alma" de la que nos habla Rafael Arguyol. Lo peor de todo no es el olvido, sino la orgullosa y satisfecha conciencia europea, el regodeo en una profunda incultura, que oscila entre el localismo sentimental y el vacío de las celebraciones de saraos conmemorativos de cosas que no entendemos.


En efecto, "Europa" no es un "hecho" o "territorio", sino una idea, un espacio mental que requiere de la voluntad y el conocimiento, una "autodescripción", una imagen de nosotros mismos que nos impulse. Las fronteras son circunstanciales y solo sirven como límite físico. Los verdaderos límites son los que definen la "identidad europea" algo que se terminó, parece, con la moneda común. Los políticos han diseñado la única Europa de la que son capaces; más allá es cosa de los ciudadanos, de las instituciones dedicadas a convencer a los europeos que lo son y a demostrarlo llenando sus almas, por usar el término espiritual de Arguyol, de cultura.

Hoy en día la cultura se ve como "negocio" o como "debilidad". No hay término medio. Incluyo a la educación en los negocios. Hemos sustituido la "educación" por la "formación". La distinción no tiene nada de sutil y si reveladora del pragmatismo finalista que nos acosa y del que salimos rebozados cada día. Es triste que sea la educación la que nos deforme e instrumentalice, pero en gran medida es así. A ella se ha trasladado el pensamiento de protocolos y controles característico de fábricas y cadenas de producción, el "pensamiento de la eficacia". Son esos seres "eficaces", como los alumnos a los que Arguyol tuvo la ocasión de escuchar, el resultado brillante de la "formación"; es "lo que sale" por el otro lado del sistema.
Esa mezcla señalada de balneario, casino y cementerio puede mantener la ilusión ruidosa de que Europa existe como un proceso en marcha. Pero Europa no será nada más que eso, una ilusión, si no comprende sus propias raíces, los debates e ideas que nos han traído hasta aquí. Parece que la idea de una "marca Europa" sufre los mismos estragos que la "marca España", una persistente imagen de campaña publicitaria mientras lo real se desmorona.

* "Europa relega su cultura" El País 3/02/2013 http://elpais.com/elpais/2013/01/17/opinion/1358431678_706569.html





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