lunes, 7 de enero de 2013

El nombre

Joaquín Mª Aguirre (UCM)
El padre de la joven india víctima de la violación múltiple y la tortura que la llevó a la muerte ha dado un paso de gran significado: ha solicitado que se dé el nombre de su hija, algo que se mantenido oculto hasta el momento. Lo ha hecho, dice, para dar fuerza a todas las otras víctimas de violación que han sobrevivido, según nos cuenta el diario Sunday People. Gracias a esto, la víctima de tanta crueldad organizada pasa a tener un nombre. Sabemos que la mujer muerta por la violencia machista, de veintitrés años, se llamaba Jyoti Singh Pandey. Un nombre, una historia, una vida truncada...
El hecho es determinante porque la "tradición" hasta el momento imponía el silencio al anteponer el honor de la familia a la víctima. El que la hija fuera violada suponía, inexplicablemente, una vergüenza para la familia recayendo toda la culpa sobre la víctima del ataque. Esa es la consecuencia de considerar que en cualquier caso de agresión sexual, la responsable es la mujer, quien tiene que demostrar su inocencia. Si ha sido atacada, se supone, por defecto, que ha incurrido en provocaciones que la han llevado hasta esa situación. El vestido, el gesto, la hora, el lugar..., todo se vuelve contra ella. Manteniendo el nombre en secreto, la familia se libera de de esa vergüenza ya que ellos son, en última instancia, los responsables de ella y de lo que "ella haya hecho o buscado".



Por eso ha causado recientemente gran indignación la carta a sus feligreses del párroco del pueblo de San Terenza, al norte de Italia, cuando vino a resaltar que son las mujeres las que se buscan sus agresiones; fue desautorizado. De igual forma acusatoria procedió la diputada islamista en la asamblea egipcia cuando responsabilizó a la mujeres del acoso sexual, creciente en Egipto; los jefes de la Hermandad Musulmana, en este caso, dijeron que las mujeres estaban "bien representadas" en la asamblea nacional. De una forma u otra, son cómplices de una situación en las que siempre se disculpa a los agresores. Son la punta del iceberg del patriarcado.
El patriarcado va más allá de las religiones y les sirve de fundamento; es la herramienta del control personal desde la familia misma, un sistema de vigilancia. La base del patriarcado es la dependencia absoluta del varón, responsable de su propio honor, que es el de su familia. Es él quien debe cuidar de que su patrimonio honorífico no sea mancillado, lo que le permite el control de sus miembros. Las muertes de esposas, hijas o hermanas no es más que la aplicación de este principio. En una de las novelas del egipcio Naguib Mafuz, el patriarca recuerda a su hija que los pretendientes que llegan a pedir su mano no lo hacen por ella —a la que desconocen ya que está aislada e invisibilizada desde su llegada a la edad núbil—, sino para emparentar con él, el verdadero objetivo, para acercarse a su poder y prestigio. Ellas no cuentan; son mercancía que hay que mantener en buen estado.


Los llamados "crímenes de honor" son practicados en sociedades en las que el nombre lo es todo y en las que no se duda en eliminar por la propia mano a hijas o hermanas si se considera que son nocivas para el honor familiar, para el buen nombre, que gira en torno al patriarca.
Por eso el salto dado por el padre de la joven tiene trascendencia y se debe sumar al movimiento de indignación nacional que ha provocado, a las reacciones públicas contra los criminales y los de su calaña, que han estado amparados en el silencio social.
Jyoti Singh Pandey, como Malala en Pakistán, como los feminicidios de Ciudad Juárez, como tantas otras personas que sufren de  esta forma de violencia en múltiples lugares —entre nosotros mismos— son golpes a la conciencia. Malala ha puesto cara y causa a la educación femenina y su derecho, dejando en evidencia un forma cruel, retrógrada y criminal de arrastrar hasta la oscuridad a las mujeres. Jyoti Singh Pandey le ha puesto nombre a las víctimas de las violaciones organizadas por una sociedad que valora la "pureza" pero la pisotea cruelmente al amparo de la impunidad que ofrecen el silencio y la vergüenza.


Cada vez es más evidente que cada conquista de la conciencia en este terreno se hace con sangre y dolor. El padre de Jyoti Singh Pandey no ha querido que su hija fuera un cuerpo anónimo, que se viera que lo que él y su familia sentían no era vergüenza sino dolor, indignación y deseo de justicia.
Aunque parezca solo un nombre, es un gran paso.






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