lunes, 10 de diciembre de 2012

Pajarracos

Joaquín Mª Aguirre (UCM)
Dice Baudelaire en su Spleen de París, en el precioso texto "Las multitudes":

El poeta goza de este incomparable privilegio de ser, a su gusto, él mismo u otro. Como esas almas errantes que buscan un cuerpo, entra cuando quiere en el personaje de cada uno. Únicamente para él todo está vacante y, si parece que se le cierran algunos lugares, es que a sus ojos no merece la pena visitarlos.

Tienen algunos ese grado de lugar tachado de la lista de visitas ocasionales, de "personas lugares" con las que no nos apetece identificarnos para nada. Con verlos por fuera tenemos suficiente, como el hotel cuya fachada ya nos alienta a buscar el siguiente en la lista de posibilidades de pasar la noche. Tal es el caso de Silvio Berlusconi, ahora que quiere regresar a la primera fila de la vida política. Sí, ha regresado el "caballero".
La vuelta de entre los muertos repintados de Silvio Berlusconi es una muestra más de cómo el poder tiene algo que los que estamos fuera de él no podemos comprender. Meses y varias operaciones después, Silvio Berlusconi regresa no se sabe muy bien para qué, pero regresa. Dice que está "desesperado" por lo que ocurre en Italia. ¡Él! ¡Desesperado!


El salto italiano de Berlusconi a Monti no fue tan grande como el salto de Monti a Berlusconi. Berlusconi esperaba regresar reclamado por las multitudes que no habrían soportado la falta de histrionismo, aburridas por el soporífero Monti y sus ajustes. Eso pensaba él. El único sentido para el regreso del caballero jedi Berlusconi es que Italia se estaba olvidando de él. Las cifras de aceptación de Monti frente al hundimiento de las suyas no son asumibles para alguien que ha decidido que el poder italiano es suyo y que lo más que admite es que se lo guarden mientras sale un rato. Berlusconi vuelve para poder volver. ¡Paradojas de la política! Regresa para no perder la ocasión de no regresar, para que todos sean plenamente conscientes de que es él quien controla la vida política italiana a través de su partido.


Al medio día de hoy —¡feliz coincidencia!— tendremos ocasión de revisar en nuestro cinefórum universitario la película de Pier Paolo Pasolini, "Pajaritos y pajarracos" (Uccelacci e uccelini, 1966), o "halcones" y "gorriones", en la que los ingenuos Totó Inocente y Ninetto Inocente, padre e hijo, recorren el camino de la vida, alumbrados por un San Francisco, que les pide hablar con los pájaros para hacerles llegar el mensaje evangélico, y sermoneados por un cuervo, intelectual marxista, que les explica el sentido del mundo a su manera, la división entre unos y otros. Una Italia en blanco y negro, surrealista y poéticamente absurda, cuyas imágenes finales —imágenes reales— son las del entierro multitudinario del secretario general del Partido Comunista italiano, Palmiro Togliatti, algo que desconcertó a muchos en su momento y todavía hoy. Al final, los inocentes paseantes, hambrientos y desengañados, se acabarán comiendo al cuervo parlanchín y doctrinario. Los tiempos han cambiado y Pasolini dio cuenta de la desesperanza final, un mundo lleno de mensajes sin sentido, la "sociedad de consumo", el apocalipsis de la satisfacción aparente. El lugar de los cuervos parlantes lo ocupan los medios, que son el imperio de Silvio Berlusconi, su mayor capital político. En términos de Pasolini, Silvio Berlusconi siempre estará entre los "pajarracos" que se ceban con los "pajaritos", será el halcón que acaba con los gorriones, algo que la familia Inocente acaba descubriendo que está en su naturaleza depredadora.


Hoy nadie inocente recorre ese camino o al menos nadie sale inocente de él. Ya quedan pocos gorriones vivos con tanto pajarraco suelto, tanto halcón sobrevolando los cielos políticos y económicos. La perspectiva de tener a Berlusconi de nuevo al frente de los destinos italianos —y como acompañante en el camino europeo— pone los pelos de punta a medio continente y a media Italia.
Faltan pocas horas también para que los mercados den los buenos días a Italia. Los mercados, las agencias de rating son los nuevos indicadores, los pulgares de los césares en este mundo frío y despiadado. Veremos cómo saludan al guerrero Berlusconi los inversores del planeta —esos otros pájaros—, los que deben valorar su capacidad de gestión del desastre que él mismo contribuyó a crear y a decorar con sus escándalos mediáticos y judiciales.
Quizá ya no queden pajaritos, pero el cielo está lleno de pajarracos.






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