domingo, 23 de diciembre de 2012

Formas de felicidad

Joaquín Mª Aguirre (UCM)
Las portadas de los periódicos y la mitad del tiempo de los noticiarios televisivos se dedican a recoger las muestras de alegría de personas agraciadas para ilustración de los demás, de los desfavorecidos del sorteo. Esa euforia achampanada y saltona es vista con envidia e ilusión desde el otro lado de la suerte. ¡Otra vez será!
Las historias ejemplares de la Lotería se acumulan porque nuestra voluntad narrativa exige que el azar tenga sus reglas y que aquellos necesitados tengan la suerte escrita, algo cada vez más fácil cuando hay tanto necesitado. "Se le acababa el paro y le toca la Lotería", no decían desde un gran titular. ¿Existe mejor prueba de la justicia, del destino y de todo lo que anule el efecto de las estadísticas sustituyéndolo por una fatalidad benevolente? Nos gusta creer en ello. Los titulares de El País no dejan duda sobre esa fatalidad actuante: "El gordo cae en El Gordo", "Chorro de Fortuna en El Chorrillo". Sorprendente. Nos gusta pensar que a los humildes y necesitados les llega la ayuda en forma de décimo. Contra recorte, Fortuna.


Los recelos del día anterior con informaciones sobre las sospechosas violaciones del azar años atrás que hacían que dirigentes políticos de la Comunidad Valenciana fueran agraciados con premios importantes de forma constante, dan paso a las nuevas alegrías de los que contemplan atónitos su número en las pantallas y periódicos. ¡Les ha tocado! Bonita expresión que incluye una mano, la de la diosa Fortuna, que nos toca con su mano caprichosa, porque le da por ahí, aunque todos acumulemos frustraciones, desgracias o sinsabores suficientes como para pensar que es un caso de justicia. Se lo merecen muchos, aunque toque a pocos. Ese es el capricho.


Para compensar esa asimetría entre agraciados y personas que siguen como antes pero un poquito más frustradas durante algunas horas, el diario ABC no trae una información —más bien una promoción— de la denominada genéricamente "Mood Food". En este caso se trata de promocionar la obra del "experto en nutrición y gastronomía Miguel Ángel Almodóvar «Mood Food. La cocina de la felicidad»"*. Me imagino que el publicar esto al día siguiente del sorteo de la Lotería de Navidad tiene como función poner de nuevo en funcionamiento humoral a todos los que se han sentido frustrados por no haber sido agraciados por los premios, que son la gran mayoría.


Es sorprendente como funciona una sociedad que pasa de la diosa Fortuna a los neurotransmisores sin solución de continuidad. Realmente, nos cabe de todo en la cabeza. Tenemos tantas ganas de ser felices que somos fáciles de tentar por todos aquellos que nos prometen la felicidad, uno de los mejores reclamos de la historia de la Humanidad. Y eso incluye desde paraísos de cinco estrellas en el otro mundo al "timo de la estampita", desde el cuerno de unicornio hasta las "uvas de la suerte".

La "Mood Food", nos cuentan, se basa en que hay determinados alimentos que le sientan bien al cerebro (no necesariamente a nosotros) y que nos hacen sentirnos mejor.  Yo no sé si llamaría a esto "felicidad". Dice el diario que según el autor del libro citado, "Comerse un plátano y un puñadito de almendras reducen la ansiedad, el estrés y favorecen un estado de ánimo positivo" y que en la obra se "desgrana cómo estos y otros alimentos, entre los que se encuentran el aceite de oliva, el aguacate, los garbanzos o las sardinas, pueden ayudarnos a estar de mejor humor y ser más felices."* O tienen en muy poca estima la felicidad o tienen en mucha estima los alimentos.
Esta forma calórica de "felicidad" es, desde luego, bastante engañosa. Si consiguiéramos ser felices a base de dietas, el mundo habría caminado por otras sendas. Es indudable que la alimentación es importante. Tan importante que no tener qué comer produce infelicidad en la mayor parte de los casos.
Llamamos "felicidad" a demasiadas cosas, desde el dinero a una buena digestión. La "felicidad" es un concepto muy complejo, cultural y personalizado; es social e intimo. Decimos que "el dinero no da la felicidad", pero no paramos de dar saltos cuando nos toca la Lotería. Quizá sea porque no nos trae la felicidad, sino que nos elimina algunas causas de infelicidad, que es lo que suele ser más frecuente. Por eso, prometer felicidad a través de dietas es fomentar nuevas frustraciones. Tampoco "la dieta trae la felicidad".  Pero no se trata solo de vender felicidad, sino de vender libros, algo que hará felices a sus autores. Por si acaso, nos explican:

Así sería un día en la dieta de la felicidad
Desayuno: Plátano, zumo de pomelo, tostada de pan integral con aceite de oliva y diente de ajo.
A media mañana: Un puñadito de nueces, pipas de girasol y almendras.
Comida: Legumbres (el autor recomienda los garbanzos todos los días), un plato de pollo, pavo o conejo, una ensalada de aguacate y una rodaja de piña de postre.
Merienda: Una taza de chocolate negro.
Cena: Pescado azul, como sardinas (Almodóvar recomienda una lata de este pescado en aceite de oliva todos los días) o boquerones.
Para conciliar el sueño: Unas galletas de cereales integrales y una infusión endulzada con miel.

No sé cuánto tiempo puede durar la "felicidad" de alguien que tiene que comer todos los días garbanzos y una lata de sardinas, pero pienso que no mucho. Además, realmente si se trata de que el cerebro reciba unas cantidades de sustancias euforizantes —para eso estaba la antigua "agua de borrajas"— lo que ocurriría es que seríamos incapaces de tomar decisiones correctas por un exceso de optimismo. Puede que los plátanos, garbanzos y sardinas en aceite cambien la química de nuestro cerebro, pero desde luego no cambian la realidad, que puede seguir siendo igual de frustrante. Desgraciadamente, la realidad no se alimenta de garbanzos o de cualquier otro producto. Hay que ser feliz porque se es feliz y no porque mandemos al cerebros sustancias que nos hagan sentirlo. Es invertir el proceso. Es la "pastillita" gastronómica.

Creo que la mejor forma de intentar ser felices es tratar, precisamente, de atacar las cosas que nos impiden serlo. No siempre es fácil. Unas las tenemos dentro y debemos luchar contra nosotros mismos para controlarlas en feroz combate cotidiano; las otras están fuera y son un reto constante, un desafío. Lo cierto es que la felicidad, más que un estado, es un deseo. Es infantil pensar que vamos a ser felices comiendo ciertas cosas porque no depende solo de nosotros, sino de todos aquellos que nos rodean. Yo no puedo ser feliz si veo infelicidad a mi alrededor. Si lo soy, no tengo problemas porque seré un egoísta irredento. Y esos ya se saben buscar la forma de ser "felices" a su manera. La mayor felicidad es la del que puede compartirla con otros y, más todavía, la del que puede producirla en otros. Muchas veces nos sacamos la tristeza que podamos llevar dentro intentando hacer felices a los demás, tratando de capturar algo de esa felicidad que les llevamos.
Si nos ha tocado la lotería o si vemos que la dieta funciona y que con plátanos y garbanzos funcionamos, pues genial. Pero lo importante es qué hacemos con esa felicidad que tiende a apagarse si no se comparte (o si se deja de comer). Hacer felices a los demás es la fuente más segura de felicidad. Toca siempre y no engorda.

* "Aceite de oliva, plátano, almendras, chocolate... y otros alimentos que te ponen de buen humor" ABC 23/12/2012 http://www.abc.es/sociedad/20121223/abci-alimentos-felicidad-mood-food-201212171611.html




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